Los Tiempos
Estamos
ante uno más de los elementos que proporciona la implacable realidad
para desmentir las ilusiones sobre las que se erigen las grandes
frustraciones
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
presentó hace pocos días el informe sobre Desarrollo Humano titulado
"La otra frontera: Usos alternativos de recursos naturales en Bolivia"
en el que, como lo indica el rótulo, pone énfasis en la manera cómo en
nuestro país se está administrando la privilegiada riqueza con que nos
dotó la naturaleza.
El resultado del estudio es muy significativo. Demuestra que
la abundancia de recursos naturales, cuando están mal explotados y peor
administrados, lejos de dar lugar a una mejora en las condiciones de
vida de la población puede, más bien, ocasionar lo contrario; es decir,
un aumento de la pobreza.
Los datos que arroja la investigación son elocuentes. Indican
que durante el 2007, el número de personas que viven bajo la línea de
la pobreza en Bolivia se incrementó en 166.969 respecto del año
anterior.
El guarismo, de por sí estremecedor, lo es más aun si se
considera que, según todos los indicadores, el 2007 fue un año que se
destacó por las extraordinariamente buenas condiciones económicas. Los
principales recursos naturales exportados por nuestro país alcanzaron
precios altos el mercado internacional, por lo que las arcas fiscales
se enriquecieron de manera notable.
Según los análisis sobre el tema y sus proyecciones hacia el
porvenir, tan favorables condiciones no se repetirán en el futuro
inmediato, lo que permite vaticinar que el avance hacia el
empobrecimiento de los bolivianos no se detendrá.
Esa paradójica relación entre abundancia de recursos naturales
y pobreza no es nueva ni casual. Ya varios estudios hechos en diversas
latitudes del mundo han demostrado que cuando un país tiene fácil
acceso a la riqueza proveniente de la explotación de recursos naturales
hidrocarburos y minerales nuestro caso,
suele descuidar otras actividades productivas. La sociedad se vuelve
adicta al dinero fácil y se hace poco propensa a dedicar sus esfuerzos
a desarrollar otros rubros que requieren más riesgo, más trabajo y más
innovación.
A tal fenómeno se lo ha calificado como “enriquecimiento
empobrecedor”, breve frase que en dos palabras sintetiza un complejo
entramado de factores que, como ya lo ha demostrado la experiencia
histórica, confabulan para producir lo que otros estudiosos han
calificado como “la maldición de los recursos naturales”.
Estamos, pues, ante uno más de los elementos que proporciona
la implacable realidad para desmentir las ilusiones sobre las que se
erigen las grandes frustraciones. Desgraciadamente, los bolivianos nos
empecinamos en dar la espalda a los hechos, y así nos va.
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