Presentación del Informe sobre Desarrollo Humano 2005
Una cumbre demasiado importante para fracasar.
Martin Luther King equiparó la constitución estadounidense con un 'pagaré' que prometía justicia social e igualdad de oportunidades para todos. Esta semana se cumplen cuarenta y dos años de aquel momento en el que Luther King, parado en la escalinata del monumento Lincoln Memorial en Washington DC, acusó a los sucesivos gobiernos de no haber cumplido esa promesa. Para los afroamericanos —declaró—, el pagaré resultó ser un “cheque sin fondos” que fue rechazado con la leyenda “fondos insuficientes”, y agregó: “pero nos rehusamos a creer que el banco de la justicia esté en bancarrota”.
La próxima semana, en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, en lo que será la reunión de líderes políticos más grande de la historia, se discutirá otro pagaré. Este pagaré es la Declaración del Milenio.
Suscrita hace cinco años, la Declaración promete llevar a cabo acciones internacionales para combatir la pobreza, una promesa respaldada por metas sujetas a plazos establecidas en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Entre otras metas, los ODM incluyen reducir a la mitad la pobreza mundial, reducir en dos tercios la mortalidad infantil y lograr que todos los niños accedan a la enseñanza primaria universal. Ahora estamos comenzando la cuenta regresiva de diez años hacia 2015, fecha prevista para la consecución de los Objetivos.
Algunos cuestionan el valor de las cumbres internacionales. Otros objetan la afirmación de que los ODM constituyen pautas útiles para la cooperación internacional. Estas posturas no sólo son sumamente erróneas, sino incluso peligrosas. El doble flagelo de la pobreza y la desigualdad profunda representa el gran desafío ético de nuestro tiempo. En un mundo interdependiente, también representan una seria amenaza para la seguridad colectiva y la prosperidad compartida. Tanto el imperativo moral como el interés ilustrado imponen el precepto de que la cumbre de las Naciones Unidas es demasiado importante para fracasar, y que la promesa de los ODM es demasiado importante para desvanecerse.
Es importante que para la preparación del documento final para la cumbre de las Naciones Unidas los gobiernos no se detengan a negociar detalladamente cláusula por cláusula y que reflexionen sobre lo que está en juego. En el Informe sobre Desarrollo Humano de este año, publicado a principios de esta semana (el 9 de septiembre), evaluamos si la continuación de las tendencias actuales nos permitirá llegar a 2015. Los resultados no son alentadores.
Tomemos por ejemplo la mortalidad infantil. En 2015, un margen aproximado de 4 millones de muertes habrá impedido al mundo alcanzar ese objetivo ―una población equivalente al conjunto de las poblaciones de menores de cinco años de Nueva York, Tokio y Londres. Si se mantienen las tendencias actuales, África subsahariana no alcanzará la meta en 2015, sino en 2115, un siglo después.
A primera vista, las perspectivas de reducir a la mitad la pobreza de ingresos son más positivas, en gran medida debido al desempeño de India y China. Más allá de los totales mundiales, la evaluación por país brinda un panorama más aleccionador: el ODM que unas 400 millones de personas no habrán podido alcanzar. S bien el progreso hacia la consecución del Objetivo de lograr la enseñanza primaria universal es alentador, las tendencias actuales indican que 46 millones de niños quedarán excluidos de la escuela en 2015.
Estas proyecciones se basan en tendencias. Afortunadamente, las tendencias no son el destino y aún tenemos tiempo de implementar las políticas y la financiación necesarias para alcanzar los ODM. Pero el reloj avanza y nos estamos quedando sin tiempo. Una cosa es clara: si la situación corriente perdura otro decenio, el mundo quedará muy lejos de alcanzar los ODM, con las consecuencias que ello implica para el sufrimiento de la humanidad.
Por supuesto, no sería realista esperar que un encuentro internacional de esta naturaleza sea un modelo único para garantizar el progreso acelerado hacia los ODM. Pero es importante que la cumbre aproveche la oportunidad de llevar adelante la agenda de lucha contra la pobreza. Una declaración audaz suscrita en la cumbre podría significar el comienzo de “un decenio para el desarrollo” hacia el 2015, dejando los ODM a nuestro alcance.
Por el contrario, si un encuentro de líderes mundiales produjese un comunicado simple y carente de contenido sustancial, se estaría dando el mensaje erróneo. Un resultado de este tipo dejaría a los gobiernos nadando contra la corriente de la enorme campaña política 'Dejar atrás la Pobreza' (Make Poverty History).
Por lo tanto, ¿qué puede hacer la cumbre de las Naciones Unidas para que el mundo retome el rumbo? Aprovechar la inercia generada por el Grupo de los Ocho es obviamente un punto de partida. En la cumbre de Gleneagles en julio, las naciones más ricas del mundo se reunieron con líderes africanos para formular medidas audaces para incrementar la ayuda al desarrollo y el alivio de la deuda en $50 mil millones para el 2010. La cumbre representa una oportunidad para que el Grupo de los Ocho ratifique la seriedad de sus propósitos. En esa ocasión pudieron establecer los planes de gasto público que transformarán las promesas en acciones prácticas, al tiempo que acordaron medidas para mejorar la eficacia de la ayuda.
El comercio plantea un desafío mayor. Luego de cuatro años de negociaciones, las conversaciones de la 'ronda de desarrollo' de Doha de la OMC no conducen a ninguna parte. Se ha llegado a un impasse en casi todos los frentes de negociación. El problema es que las naciones ricas piden demasiado y dan muy poco. Algunos de los países más pobres del mundo continúan enfrentando las barreras comerciales que las naciones más ricas del mundo les imponen; los subsidios a la producción agrícola están aumentando y los países en desarrollo están siendo presionados para implementar acuerdos sobre inversiones, propiedad intelectual y liberalización que podrían poner en riesgo las iniciativas de reducción de la pobreza.
A menos que este panorama cambie en el corto plazo, el encuentro de ministros planificado para diciembre será un fracaso y ese resultado tendría consecuencias devastadoras para la legitimidad de un sistema multilateral basado en normas. La cumbre de las Naciones Unidas podría ayudar a sortear esos obstáculos y a extender los beneficios del comercio a los países más pobres del mundo en el proceso.
La agricultura es una prioridad. En la actualidad, los gobiernos del norte gastan mil millones de dólares estadounidenses por año en ayuda al desarrollo en las zonas rurales de los países pobres y mil millones de dólares estadounidenses por día para subsidiar a sus propios productores. Estos subsidios, reforzados por los elevados aranceles de importación, son inexcusables. Ponen sistemáticamente en riesgo a los pequeños agricultores de los países en desarrollo en los mercados mundiales e incluso locales, haciendo descender los precios, obstaculizando las oportunidades y profundizando la pobreza.
Como 'superpotencias mundiales en materia de subsidios', la Unión Europea y los Estados Unidos podrían aprovechar la cumbre para enviar una clara señal sobre la Ronda de Doha. El Primer Ministro Británico Tony Blair ya ha lanzado una convocatoria para la prohibición de los subsidios de exportación en un período de cinco años. Complementado por un compromiso de introducir drásticas reducciones en la ayuda en general y en los aranceles, esto podría cambiar el tono cada vez más funesto que prevalece en la OMC y ayudar a destrabar el progreso en otras áreas.
La seguridad es otra área que requiere acción. Los conflictos violentos siguen siendo una de las barreras más poderosas que impiden alcanzar los ODM; no obstante, el mundo carece de una estructura institucional capaz de integrar la prevención del conflicto, el mantenimiento de la paz y la reconstrucción tras los conflictos. Por eso el Secretario ha dado prioridad al establecimiento de una nueva Comisión para la consolidación de la paz y al hecho de que la cumbre debe respaldar inequívocamente el principio de 'responsabilidad de proteger' a las poblaciones vulnerables.
En última instancia, la cumbre de la semana próxima se trata de algo más que de los ODM y la reforma de las Naciones Unidas mismas. Hace cinco años, los gobiernos del mundo hicieron una promesa a sus ciudadanos más vulnerables. Si como comunidad global no podemos trabajar juntos para cumplir esa promesa, ¿qué esperanza tenemos de poder enfrentar las graves amenazas que supone el cambio climático, la proliferación de armas nucleares, las epidemias y el terrorismo internacional?
El unilateralismo y actuar de modo independiente no son una alternativa real, incluso para los países más poderosos. Si deseamos lograr un mundo más estable, más seguro y menos dividido, la única alternativa es la cooperación internacional basada en normas. La Cumbre de las Naciones Unidas es una prueba decisiva del compromiso con la cooperación internacional. Por eso es demasiado importante para fracasar.
Por eso debemos asegurarnos de que el pagaré de los ODM no sea devuelto con la leyenda 'fondos insuficientes'.
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