Clarín, Argentina
Kevin Watkins
Seamos honestos. Ninguno de los que leen este artículo empezó el día
teniendo que caminar un kilómetro para recolectar de un riachuelo la
ración familiar de agua. Ninguno de nosotros sufrió la indignidad de
tener que usar el terreno, el camino o una bolsa de plástico como
excusado. Y tampoco nuestros hijos mueren por la falta de un vaso de
agua limpia y saneamiento básico. Tal vez por eso tenemos una visión
estrecha de lo que constituye la crisis de agua.
La diarrea causada por agua sucia y falta de saneamiento básico cobrará las vidas de 4.000 niños en las próximas 24 horas. El agua sucia significa una mayor amenaza a la vida humana que la guerra o el terrorismo.
La
mortalidad infantil prevenible es sólo la punta del iceberg. En
cualquier momento, cerca de la mitad de la población del mundo en
desarrollo está sufriendo por enfermedades relacionadas al agua.
Las
estadísticas detrás de la crisis muestran un sombrío panorama. En los
albores del siglo XXI y en medio de una creciente economía global
próspera, 2,6 mil millones de personas no tiene acceso a la más
elemental letrina. Más de mil millones de personas no tienen agua potable.
El
acceso desigual al agua muestra de manera contundente las disparidades
que dividen nuestro mundo. En Gran Bretaña, el consumo promedio de una
persona es 160 litros de agua cada día. En Mozambique o Etiopía, se usa
la cantidad que una mujer puede cargar en sus espaldas desde ríos o
lagos.
La brecha en saneamiento básico es aún más sobrecogedora.
Kibera Kenia, con una población de 750.000 habitantes, es uno de los
asentamientos humanos informales más grandes de Africa. Más del 90% no
tienen acceso a una letrina y al no tener otra alternativa, la gente
defeca en bolsas plásticas que son posteriormente lanzadas a la calle o
a zanjas. Kibera es un microcosmos de lo que ocurre en el mundo en
desarrollo.
Un proceso de urbanización rápida con una decrépita infraestructura de provisión de agua y saneamiento
permiten que en ciudades como Yakarta, Manila, Nairobi o Lagos existan
barrios sobrepoblados con millones de personas desesperadamente pobres
que enfrentan la constante amenaza de utilizar agua infectada con
excrementos humanos.
Para empeorar la situación, invariablemente los pobres pagan más por el agua que los ricos.
En Kibera, uno paga tres veces más por la unidad de agua que en
Manhattan o Londres y diez veces más que en los suburbios de altos
ingresos de Nairobi.
Superar la brecha de agua y saneamiento
es una causa que aúna un imperativo moral con sentido común económico.
Ampliar la infraestructura de agua y saneamiento requiere grandes
inversiones de entrada con períodos de recuperación superiores a los 20
años. La porción de cooperación internacional dedicada a estos sectores
(ajustada por el inevitable flujo a Irak) se ha reducido a la mitad y
desde 1997 ha caído en términos reales.
El agua no es una mercancía más. Es fuente de vida, de dignidad y de igualdad de oportunidades. Es demasiado importante para dejarla librada al mercado
y por ello los gobiernos tienen la responsabilidad última de ampliar el
acceso. La necesidad humana debería ser el principio ordenador, más
allá de la posibilidad de pagar o no.
Tal vez nos demos menos
baños de inmersión y ahorremos en el uso de mangueras, pero ninguno de
nosotros debería estar dispuesto a tolerar un mundo en el cual más de
un millón de niños están —en un sentido literal perverso— muriendo por
no tener un vaso de agua ni un excusado.
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