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Informe sobre desarrollo humano - Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

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DESTACADO

Informe 2013

El ascenso del Sur: Progreso humano en un mundo diverso
está disponible para su descarga gratuita

Discurso de Kevin Watkins, Director y autor principal del Informe sobre Desarrollo Humano

Presentación del Informe sobre Desarrollo Humano 2006

Distinguidos invitados:

Quisiera comenzar agradeciendo al presidente Mbeki y al gobierno de Sudáfrica por ser los anfitriones de la presentación del Informe sobre Desarrollo Humano 2006. Para todos los que participamos en la elaboración del informe, es un gran privilegio realizar este evento en un país que ha hecho tanto por fomentar la causa del desarrollo humano.

Permítanme agradecer también a nuestro administrador, Kemal Dervis, por su apoyo al Informe sobre Desarrollo Humano y por liderar el PNUD.

Como saben, el Informe sobre Desarrollo Humano en sí es el resultado de un trabajo de equipo, y ha sido un gran privilegio para mí trabajar en la Oficina encargada del Informe sobre Desarrollo Humano con un grupo de colegas excepcionalmente talentosos. Este informe es el resultado de nuestro esfuerzo colectivo, y quiero agradecer a todo el equipo de Nueva York y a nuestro Equipo de Asesoramiento constituido por eminentes expertos, incluidos Su Excelencia el Príncipe Wilhelm Alexander y Sunita Narain, que están aquí presentes.

Sr. Presidente, muchas son las razones por las cuales quienes trabajamos en temas relacionados con el desarrollo humano nos sentimos como en casa aquí en Sudáfrica.

El enfoque de desarrollo humano busca ampliar las libertades humanas, desarrollar el potencial humano y superar la desigualdad de oportunidades resultante de la injusticia social, de las disparidades basadas en cuestiones de género, raza y otros aspectos que generan desventajas.

Estos son los temas centrales de la Carta de la Libertad, de la Carta de Derechos adoptada por el Congreso Nacional Africano a mediados del decenio de 1980 y, por supuesto, de la constitución sudafricana. Son muchas las maneras en que Sudáfrica ha conmovido a las personas más allá de sus fronteras. A título meramente personal, quiero mencionar que, en mi época de estudiante, tuve el enorme privilegio de ser alumno de Ruth First. Ruth era una académica brillante, pero, por sobre todas las cosas, como tantos otros que lucharon contra el apartheid, era una ferviente defensora de la justicia social, tanto en su país como en el extranjero.

Sr. Presidente, Vaclav Havel dijo alguna vez que la política no es el arte de lo posible, sino el arte de imaginar lo imposible y luego hacerlo realidad.

De cara a los grandes desafíos que enfrenta la humanidad en los albores del siglo XXI en materia de desarrollo humano (la erradicación de la pobreza, la reducción de las desigualdades extremas, la ampliación de las libertades humanas en salud y educación), tenemos que imaginar lo que ahora parece imposible para luego hacerlo realidad. Cumplir las metas para 2015 propuestas en los Objetivos de Desarrollo del Milenio es un punto de partida evidente.

El agua y el desarrollo humano

Ninguna otra área necesita una visión y una estrategia para el cambio con tanta urgencia como la gobernabilidad del agua.

“A partir del agua, dice el Corán, dimos vida a todas las cosas”. Esta simple afirmación encierra una profunda sabiduría. Sin agua para consumo propio y para la supervivencia, las personas no pueden desarrollar su potencial como seres humanos. El agua es imprescindible para las libertades y los derechos humanos. Es el eje del desarrollo humano.

En el mundo actual, el agua es algo más que una fuente de vida. Las privaciones vinculadas al agua constituyen una fuente de pobreza, de desigualdad, de injusticia social y de grandes disparidades en las oportunidades de vida. Esas privaciones son importantes porque el acceso al agua es un derecho humano, y nadie debería hacer oídos sordos ante la violación de los derechos humanos. Pero también son importantes porque violar el derecho humano al agua impide el progreso de la humanidad hacia un frente mucho más amplio.

En mis reflexiones, quiero concentrarme en el tema del agua y el saneamiento, en parte debido a las limitaciones de tiempo, pero principalmente porque otros integrantes de este panel (incluidos Sunita Narain y su Alteza el Príncipe William) tienen conocimientos mucho más amplios que yo acerca de la gobernabilidad del agua como recurso productivo.

El agua, fuente de vida

Las cifras principales de estos dos déficits paralelos de agua y saneamiento cuentan su propia historia.

En los albores del siglo XXI, más de mil millones de personas se ven privadas de un recurso que la mayoría de nosotros damos por sentado: el agua limpia. Mucha más gente (unos 2600 millones de personas) carece de acceso a servicios sanitarios adecuados.

Estos números ya no son parte de un problema, sino de una emergencia humanitaria plenamente establecida.

Para las naciones ricas en la actualidad, uno de los saltos más grandes en desarrollo humano pudo darse gracias a una revolución en el suministro de agua y servicios sanitarios, y no gracias a nuevas tecnologías o inversiones privadas. Para ser claros, el suministro de agua limpia y la eliminación segura de residuos humanos salvaron vidas.

Actualmente, los dos déficits paralelos de agua y saneamiento representan la segunda causa de muerte infantil del mundo. Cada año, mueren dos millones de niños, la mayoría por diarrea. En otras palabras, durante el tiempo en que se lleve a cabo este evento, morirán alrededor de 2000 niños por no tener un vaso de agua limpia y un inodoro.

Detrás de esta asombrosa cifra, existen, por supuesto, millones y millones de casos de enfermedades y salud deficiente. Pero no sólo la salud de las naciones es la que sufre.

Las horas dedicadas a la recolección de agua representan una enorme carga para las mujeres en cuanto a tiempo y energía. También aleja a millones de niñas pequeñas de la escuela y las priva del derecho a la educación.

Los costos económicos de los dos déficits paralelos no se comprenden lo suficiente. Calculamos que África subsahariana pierde anualmente alrededor del 5% de su PIB debido a la salud deficiente y a las bajas laborales relacionadas con la falta de agua. La otra cara de estos costos es que la inversión para superar estas privaciones, además de constituir un imperativo moral, es económicamente viable: cada dólar invertido genera un rendimiento de ocho dólares.

Las asombrosas cifras reflejadas en las privaciones permiten comprender las dimensiones del desafío que tenemos por delante. Sin embargo, pueden ocultar otro aspecto de la crisis del agua y saneamiento: la desigualdad extrema.

Como documentamos en el informe de este año, existen enormes desigualdades en todo el mundo respecto al acceso a fuentes de agua limpia y servicios sanitarios. De hecho, esta crisis tiene sus raíces en la desigualdad entre áreas rurales y urbanas, entre regiones, y entre ricos y pobres. Como también documentamos, es frecuente encontrar países muy pobres donde sólo el 20% más rico tiene acceso universal a agua limpia y servicios sanitarios, mientras que, dentro del 20% más pobre, la provisión de dichos recursos es casi inexistente.

También se observan otras desigualdades igualmente sorprendentes. Los pobres que viven en los tugurios de Manila, Nairobi y Accra no sólo reciben menos cantidad de agua que aquellos que viven en zonas suburbanas de altos ingresos, sino que pagan mucho más por litro; por lo general, de cinco a diez veces más. De hecho, pagan más por litro de agua que los ciudadanos de Londres o Nueva York.

Hace poco, tuve la oportunidad de visitar Kibera, en Nairobi. Como muchos de ustedes sabrán, se trata del asentamiento informal más grande de África. Probablemente, menos de la mitad de la población tiene acceso al agua. Los servicios sanitarios prácticamente no existen. Las tasas de mortalidad infantil son entre tres y cuatro veces mayores que la tasa promedio de Nairobi.

Las calles de Kibera permiten contemplar un mundo diferente en lo que a agua y saneamiento se refiere.

Al otro lado de la calle perimetral norte, los aspersores del campo de golf Royal Nairobi ayudan a mantener una de las extensiones de césped más verdes de la ciudad, y el agua cuesta una fracción de lo que se paga en Kibera.

Menciono a Kibera porque pone en evidencia dos grandes problemas.

En primer lugar, pone en evidencia la enorme profundidad en cuanto a la desigualdad respecto al acceso al agua. En segundo lugar, destaca un problema más amplio en áreas urbanas. En muchas partes del mundo, las redes de abastecimiento suministran agua subsidiada y a bajo costo a una parte de la sociedad, mientras que otros deben arreglárselas solos en mercados no regulados y dominados por comerciantes privados.

Identificación de soluciones

Hacer las cosas como siempre no es una opción cuando de agua y saneamiento se trata.

Si seguimos transitando el camino actual, África subsahariana alcanzará su meta de reducir a la mitad el porcentaje de gente que no tiene acceso al agua (meta establecida en los ODM) no en 2015, sino en 2042. La meta relativa al saneamiento se alcanzará tres decenios después. Ponerse al día constituye un desafío de enormes proporciones: la cantidad promedio de conexiones para el suministro de agua limpia tendrá que aumentar de 10 millones a 23 millones en el próximo decenio.

Si bien África es la región más retrasada en este ámbito, el mundo en su totalidad no logrará alcanzar las metas. El verdadero peligro radica en que los dos déficits paralelos en agua y saneamiento retrasarán el progreso en todas partes.

Si se observan las proyecciones de los ODM, es fácil caer en un profundo pesimismo: fácil, pero injustificado.

Muchos países han demostrado que el progreso rápido es posible. Sudáfrica es una de esas naciones. Desde 1994, el porcentaje de población sin acceso a agua limpia ha disminuido de 41% a 17%, lo que supera la meta establecida en los ODM. También observamos rápidos avances en países tan distintos como Viet Nam, Bangladesh, Uganda, Tanzanía, Senegal y Brasil.

Sin embargo, la recopilación de historias individuales exitosas no contribuye a un cambio radical mundial. Necesitamos que se produzca un gran salto en nuestro enfoque. En pocas palabras, y retomando el principio de Vaclav Havel, hay que imaginar un mundo en el que todas las personas tengan acceso a agua limpia y servicios sanitarios, y luego hay que hacerlo realidad.

No existe un plan diseñado, por supuesto. Lo que produce buenos resultados en una ciudad como Ciudad del Cabo o en un país como Sudáfrica tal vez no funcione en Lagos y en Nigeria. No obstante, sí existen algunos principios generales. Y me gustaría concluir detallando cuatro de ellos.

En primer lugar, debemos dejar de tratar los dos déficits paralelos de agua y saneamiento como un problema, y comenzar a tratarlos como una crisis. En muchos países, el agua y, más aún, los servicios sanitarios, no constituyen prioridades políticas básicas. Quizás, el problema es que se trata de una crisis que debe soportar, en su gran mayoría, un sector social de menor representación política: los pobres en general, y las mujeres y los niños pobres en particular. En última instancia, los líderes políticos nacionales y locales deben crear las condiciones bajo las cuales las estrategias elaboradas en el país puedan dar resultado, incluidas aquellas estrategias que empoderen a los pobres.

En segundo lugar, los gobiernos deben transformar el acceso al agua en un derecho humano, y lograr que esto sea una realidad. Dicha transformación implica erigir una estructura legislativa que cuantifique el derecho al agua, con un mínimo de veinte litros por persona, sin costo para las personas pobres. En Sudáfrica, el derecho constitucional al agua cuenta con el respaldo de una ley – la Ley de Servicios de Agua de 1977 – que hace precisamente esto. Por supuesto, soy consciente del intenso debate que existe en torno al suministro de agua y servicios sanitarios. Pero, en toda democracia, la cuestión del agua debe constituir el eje del debate público.

¿De qué manera debería concretarse el derecho a acceder al agua? Esa pregunta es otra fuente de acalorados debates acerca de si el suministro debería ser público o privado, debates que, en nuestra opinión, son más acalorados que esclarecedores. Lo importante es que todos los proveedores de agua se rijan por sistemas normativos que establezcan reglas claras para el juego. Esas reglas no pueden basarse en la mera aplicación de principios comerciales de mercado. “Suministrar agua a los sectores con dinero” no es una opción. Todos los proveedores deberían actuar según objetivos bien definidos para incrementar el suministro de agua y servicios sanitarios entre los pobres, para garantizar costos accesibles y supervisar la calidad. Y las reglas deben funcionar a través de estructuras institucionales que empoderen a los pobres, y permitan a la gente responsabilizar a los proveedores y al gobierno.

En tercer lugar, necesitamos estrategias nacionales en materia de agua y saneamiento que fijen metas ambiciosas respaldadas por estrategias que promuevan la creación de capacidades, el desarrollo de instituciones y, fundamentalmente, la movilización de fondos. Consideramos que, al menos, 1% del PIB debería asignarse a la provisión de agua y servicios sanitarios, porcentaje que duplica o triplica el presupuesto actual en muchos países. Si bien los proveedores privados pueden desempeñar un papel en la provisión de estos servicios, los fondos públicos son la clave para garantizar estos recursos a los ciudadanos pobres que no pueden pagarlos. También son de vital importancia las subvenciones cruzadas de usuarios de ingresos altos a usuarios de ingresos bajos. El problema es que, muy a menudo, las subvenciones no llegan a los pobres.

En cuarto lugar, necesitamos una alianza global genuina en cuestiones de agua y saneamiento, en la cual los gobiernos del norte apoyen y respalden estrategias nacionales creíbles.

En términos claros, la alianza en materia de agua y saneamiento está fracturada, y debe recomponerse rápidamente. Es cierto que hay gran cantidad de conferencias internacionales y paneles de alto nivel, y se emiten comunicados ostentosos. Pero, en marcado contraste con otras áreas (tales como el VIH/SIDA e, incluso, la educación), las palabras no se han concretado en acciones. En la actualidad, la ayuda destinada a agua y saneamiento es menor de lo que era un decenio atrás en términos reales, y la proporción que representa en el total de asistencia para el desarrollo también ha disminuido.

El hecho de que el agua y el saneamiento apenas se mencionen en el Acuerdo de Gleneagles es otro indicador de que algo no anda bien. Tres años atrás, el Grupo de los Ocho se reunió en Evian y adoptó lo que se describió (con cierto optimismo, considerando los resultados) como un plan de acción mundial en materia de agua. Hasta el momento, no ha habido plan ni tampoco acciones.

En el Informe sobre Desarrollo Humano, convocamos a la elaboración de un plan de acción genuino. Ese plan debe incluir un compromiso mediante el cual se proporcione el monto necesario para poder cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio a tiempo, monto estimado entre tres mil y cuatro mil millones de dólares. Pero el plan también debe brindar respaldo para la creación de capacidades y para la movilización de recursos en países que carecen de un grupo importante de donantes.

Conclusión

Sr. Presidente, la historia de Sudáfrica pone de manifiesto la verdad que encierra la expresión “querer es poder”.

En nuestro mundo cada vez más próspero, no carecemos de recursos financieros, tecnología ni ingenio para darle a la crisis del agua y el saneamiento el lugar que les corresponde en los libros de historia. La pobreza, las muertes infantiles y las desigualdades de género que acompañan esta crisis son evitables. No estamos frente a un hecho inmutable de la vida ni frente a un evento impredecible, como un tsunami, que debamos aceptar con resignación y tolerancia. Esta crisis es el resultado de políticas y prioridades que pueden modificarse, y de una complacencia que puede superarse.

Para finalizar, permítanme volver a la gran lección que Sudáfrica dio al mundo y a la reflexión de Vaclav Havel sobre el arte de la política.

Debemos imaginar un mundo en el que ningún niño muera por déficits de agua y saneamiento, y necesitamos el liderazgo político, las estrategias y los recursos que nos permitan hacer de ese mundo una realidad.

Gracias.

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