PNUD
La lucha contra el cambio climático: solidaridad frente a un mundo dividido
Quisiera comenzar destacando que me siento muy honrado por el privilegio de presentar el Informe sobre Desarrollo Humano 2007/2008 aquí en Brasil.
Sr. Presidente, mis amigos brasileños me han aconsejado que la mejor manera de comenzar un discurso aquí, incluso si se trata de un tema tan serio como el cambio climático, es empezar con una broma sobre fútbol. Lamentablemente, no puedo hacerlo. Habiendo visto hace unos días la eliminación de Inglaterra del Campeonato Europeo, debo decir que en el fútbol, como en la vida, algunas cosas no admiten bromas. Como alternativa, quizás pueda enviarles un video del partido en cuestión. Puedo asegurar que hay momentos de gran comicidad que seguramente disfrutarán. Aunque hablando desde una visión estrictamente nacional, más que desde una perspectiva propia de las Naciones Unidas, yo incluiría el video en el género de tragedia/horror.
Así que, en vez de hacer una broma sobre fútbol, permítanme que tan sólo felicite al Presidente de Brasil y a su pueblo por haber sido elegidos como los anfitriones de la Copa del Mundo en 2014. Y también quisiera expresar mi deseo de poder organizar una presentación del Informe sobre Desarrollo Humano 2014 que coincida con ese evento deportivo. De una cosa podemos estar seguros. Cuando el Campeonato Mundial de fútbol 2014 comience, sabremos si los gobiernos habrán podido forjar un pacto internacional para abordar la crisis del cambio climático.
Sabemos que tenemos los recursos y las tecnologías para enfrentar esa crisis. Pero para continuar con la analogía del fútbol, también sabemos que para ganar una Copa del Mundo no se necesitan sólo grandes jugadores de fútbol. También es crucial el liderazgo, la estrategia y el juego en equipo, además de la voluntad colectiva de ganar. Estos son los atributos que necesitamos con urgencia para establecer una alianza internacional para afrontar el cambio climático.
Expansión de las oportunidades, deuda social y derechos humanos
Sr. Presidente, según el último análisis, el desarrollo humano está ligado a la expansión de las oportunidades. Tiene que ver con la superación de la pobreza, las desigualdades y las injusticias sociales que socavan el potencial humano y la dignidad humana.
En los últimos años, bajo su liderazgo, Brasil ha demostrado que no tenemos que tolerar las escandalosas desigualdades que marcan para siempre a tantos países y que envilecen nuestro actual modelo de globalización. En los últimos dos años, más de cinco millones de personas se han liberado del flagelo de la pobreza. La desnutrición se ha reducido en 45 millones de personas gracias a la campaña Hambre Cero. Los programas de transferencia social en materia de salud y educación han ampliado las oportunidades.
El dinamismo económico ha desempeñado una función importante en estos avances. Y lo mismo ha ocurrido con la redistribución del ingreso y las oportunidades. Las verdaderas bases del progreso tienen origen en el liderazgo político, en la visión y la acción práctica para hacer frente a lo que usted describió, en un discurso que pronunció recientemente en las Naciones Unidas, como una antigua deuda social que desde hace siglos tenemos con los pobres.
Sr. Presidente, el cambio climático también tiene que ver con una deuda social que hemos contraído con los pobres. Frente a un tema tan complejo como el calentamiento global, es muy fácil perder de vista lo que está en juego: el rostro humano del cambio climático. Todos los pobres del mundo, ya sea los que viven en el noreste de Brasil, en zonas de Kenya o Etiopía proclives a las sequías, en zonas devastadas por inundaciones y ciclones en el delta del Ganges y del Mekong, tienen una cosa en común: no fueron ellos quienes ocasionaron la crisis climática que ahora la humanidad debe enfrentar; no obstante, serán ellos quienes sufran los primeros y más destructivos impactos.
La ciencia climática nos ha permitido predecir estos impactos y los procesos ecológicos que los determinarán. El análisis económico nos ha permitido comprender más profundamente los costos de la inacción. Pero el cambio climático no tiene que ver sólo con la ciencia o la economía. Tiene que ver con la justicia social y los derechos humanos del mundo de los pobres y marginados. La falta de acciones para afrontar el cambio climático sería equivalente a una violación sistemática de los derechos humanos de los pobres.
Más que eso, menoscabará el desarrollo humano y la expansión de oportunidades que se nos presentan. Sin duda, como afirmamos en el Informe sobre Desarrollo Humano, estamos llegando a un punto clave que podría desencadenar rápidos retrocesos sostenidos en materia de desarrollo humano durante el siglo XXI. Martin Luther King advirtió una vez que “el progreso humano no es ni automático ni inevitable”. Hoy existe un riesgo real de que el cambio climático convierta esas palabras en un epíteto para calificar el siglo XXI.
Perpetuará un patrón de globalización que profundizará las ya escandalosas desigualdades y privará al mundo de la oportunidad de salir de la pobreza.
No podemos resolver la crisis del cambio climático en nuestra generación. Pero la responsabilidad de mantener vigente la posibilidad de acelerar el progreso humano durante el siglo XXI y capitalizar los logros relativos a los Objetivos de Desarrollo del Milenio recae sobre nuestra generación y sobre la actual generación de líderes políticos.
Sr. Presidente, el cambio climático plantea interrogantes muy profundos sobre nuestra responsabilidad compartida en materia de derechos humanos y sobre lo que significa ser parte de una única comunidad humana. Sin duda, el cambio climático nos recuerda que en este mundo que a veces parece estar fracturado y dividido, tenemos algo en común: el planeta Tierra. La cruda realidad es que estamos acumulando un endeudamiento ecológico enorme e insostenible que nuestros hijos y sus descendientes deberán afrontar.
El calentamiento global es el síntoma más evidente de ese endeudamiento. Es la prueba de que vamos sin escapatoria hacia la colisión de nuestros sistemas de energía con los sistemas ambientales de la Tierra, una colisión que el gran economista brasileño Celso Furtado predijo hace más de tres decenios. El poder destructivo de este hecho tendrá un impacto tan trascendental e irreversible que alterará radicalmente la existencia humana. El derretimiento de los mantos de hielo de la Región Antártica Occidental, la transformación de las selvas pluviales en sabanas, los cambios en los ecosistemas marinos se cuentan entre los impactos del calentamiento global que tienen el potencial de enfrentar a las generaciones futuras a un desastre ecológico.
Los riesgos de que se produzca un desastre ecológico aumentan a medida que se incrementa la acumulación de gases de efecto invernadero. Tenemos el deber de actuar ahora y reducir estos riesgos, en beneficio de las generaciones futuras, de nuestros hijos y sus descendientes. Sin duda, el principio de los derechos humanos universales reafirmados por la economía del cambio climático nos exige acciones inmediatas.
No obstante, el cambio climático es más que el panorama futuro propicio para un desastre ecológico. Las imágenes de Los Ángeles y el extremo sur de Manhattan desapareciendo debajo del agua pueden ser apropiadas para una convincente obra cinematográfica. Hasta pueden reflejar la magnitud de la amenaza para el futuro. Sin embargo, los pobres son los más propensos a padecer los riesgos y la vulnerabilidad a mediano plazo que supone el cambio climático.
Los 2600 millones de abajo
Ya podemos observar los primeros impactos del cambio climático en la vida de los pobres de todo el mundo. El peligro consiste en que para los 2600 millones de personas del mundo, algo así como el 40% de la población del planeta que vive con menos de US$ 2 por día, el calentamiento global socavará los beneficios acumulados durante generaciones, no sólo con relación a la reducción de la pobreza, sino con respecto a la salud, la educación, la nutrición y muchas otras áreas.
Les proporcionaré algunas cifras que reflejan la magnitud de estos retrocesos en materia de desarrollo humano y los factores que los impulsan:
Pérdidas en la productividad agrícola En África subsahariana, los patrones climáticos predicen que la gran exposición a las sequías modificará los patrones de precipitaciones y que las elevadas temperaturas podrían reducir la productividad en las zonas áridas y semiáridas en un 25% para 2060. La gran mayoría de los habitantes de África subsahariana sobrevive con menos de un dólar por día. Indudablemente, hay que reconocer que se trata de un caso extremo. Sin embargo, se sabe que la productividad agrícola disminuirá en todo el mundo en desarrollo, incluso en gran parte de América Latina.
Estrés por falta de agua y escasez Sabemos que el calentamiento global cambiará drásticamente los patrones de distribución del agua. Actualmente, mil cuatrocientos millones de personas viven en cuencas fluviales donde el uso del agua excede la capacidad de reabastecimiento. Haciendo un cálculo aproximado, podemos decir que el cambio climático podría agregar alrededor de mil ochocientos millones de personas a las cifras de estrés por falta de agua a finales del siglo XXI. Desde Oriente Medio hasta el norte de China, existe un peligro real de que todo el sistema ecológico colapse, lo que implica un terrible panorama para el desarrollo humano.
Retroceso de los glaciares El retroceso de los glaciares es quizás el síntoma más visible del calentamiento global hasta el momento. En Asia Meridional, este proceso amenaza la viabilidad de los sistemas hídricos para el mantenimiento de los riegos y los asentamientos humanos. En América Latina, el retroceso de los glaciares en los Andes comprometerá el suministro de agua de ciudades importantes como Lima.
Exposición a inundaciones y tormentas El aumento del nivel del mar y el calentamiento de los océanos aumentará drásticamente la exposición del hombre a los desastres climáticos. La tendencia actual ya va en aumento. El huracán Sidir en Bangladesh nos recuerda el poder destructivo de los sistemas climáticos. Desde el año 2000, alrededor de 262 millones de personas se han visto afectadas todos los años por desastres climáticos. Como sabemos por la tragedia de Nueva Orleáns, ni siquiera los países más ricos están exentos. Sin embargo, más del 98% de estas personas vive en países en desarrollo. Y ya sea en Nueva Orleáns, Mozambique o Bangladesh, los más afectados siempre son los pobres.
Desde la perspectiva de las naciones ricas y a través de la visión de los medios de comunicación, los desastres climáticos aparecen como episodios breves y agudos de sufrimiento humano. La imagen que se crea es la de emergencias que “ocurren hoy y desaparecen mañana”. La realidad es no es tan benigna.
Mientras las naciones ricas y las personas acaudaladas tienen la capacidad de enfrentar los impactos climáticos y recuperarse de ellos, los pobres no se encuentran en la misma posición. Cuando las sequías asolan a personas vulnerables en países como Etiopía, éstas se ven obligadas a liquidar los bienes productivos, retirar a los niños de las escuelas y a reducir los gastos en alimentación y salud. En el Informe utilizamos datos obtenidos de encuestas demográficas y de salud para demostrar que nacer en un distrito proclive a la sequía, en un año de sequía aumenta 36% la probabilidad de desnutrición en el quinto año de vida. Dicho de otro modo, en la actualidad hay alrededor de dos millones de niños en Etiopía que están desnutridos porque sus padres no pudieron hacer frente ni a una sola sequía.
Las inundaciones y las tormentas tienen efectos similares. Actualmente, el pueblo de Bangladesh se enfrenta a un desastre humanitario que tiene el potencial de convertirse rápidamente en un retroceso a largo plazo en materia de desarrollo humano.
Por supuesto, no podemos atribuir al calentamiento global ningún cambio climático específico. Sin embargo, sabemos que los hechos como las sequías y las inundaciones se harán más frecuentes, intensos y destructivos. También sabemos que las víctimas no han desempeñado ningún papel en la creación de la crisis del cambio climático. Para ser más claros, el calentamiento global no fue creado por los patrones de consumo excesivo de energía por parte de la gente que vive en zonas propensas a las sequías de Kenia, el Noreste de Brasil o en regiones proclives a las inundaciones como los deltas del Mekong y el Ganges. Las naciones ricas son en mayor medida las responsables históricas de la crisis.
No nos equivoquemos en cuanto a la gravedad de la amenaza. Durante el pasado decenio, hemos visto que el ritmo del desarrollo humano se ha acelerado, más recientemente en África subsahariana. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y las metas para 2015 reflejan el compromiso de los líderes políticos de trabajar en conjunto para acelerar el progreso humano. El peligro reside en que el calentamiento global posterior a 2015 forzará un cambio en la cooperación internacional y el foco ya no será acelerar el progreso, sino disminuir la velocidad del deterioro.
Sr. Presidente, las generaciones futuras juzgarán duramente a aquellos líderes políticos y ciudadanos que no hayan actuado para ayudar a los pobres y a las generaciones futuras, teniendo en cuenta las evidencias que aporta la ciencia climática, y con conocimiento pleno de las consecuencias del calentamiento global. Ciertamente, la falta de acción en estas condiciones representa no sólo un fracaso moral, sino también una violación de los derechos humanos fundamentales y hasta de los principios más elementales de justicia social.
Para prevenir estas consecuencias se necesitarán, a escala mundial, los tres ingredientes que han marcado notablemente la diferencia en términos de desarrollo humano aquí en Brasil: liderazgo político, visión y acciones prácticas.
Enfrentar el desafío
De más está decir que la magnitud del desafío es inmensa y que hay tres factores que lo tornan más complicado.
En primer lugar, el problema es acumulativo. No se puede retroceder el tiempo para eliminar las emisiones de gases de efecto invernadero de la atmósfera; por lo tanto, cada año de retraso nos deja atrapados en una trayectoria más peligrosa.
En segundo lugar, el ciclo de carbono no sigue los ciclos políticos. Los impactos del cambio climático —y los beneficios de la mitigación de sus efectos— aumentarán progresivamente y durarán mucho más tiempo que nuestras vidas. Esta generación de líderes políticos no puede resolver la crisis climática. Sin embargo, ellos pueden asegurar que no se apague la tenue luz que ilumina la posibilidad de detener este peligroso cambio climático.
En tercer lugar, ningún país por sí mismo puede resolver la crisis. Los límites del calentamiento global no se pueden definir. Sin una acción colectiva, no podremos detener lo que aún es una crisis evitable. Si no contamos con una acción internacional para alcanzar metas acordadas en conjunto por medio de medidas prácticas nacionales, regionales y multilaterales a lo largo de muchos decenios, seguramente fracasaremos. No existen dudas de que éste es el momento para actuar.
Ésta es la razón por la cual la negociación del marco posterior a Kyoto 2012 es un tema de vital importancia para el desarrollo humano y, de hecho, para el futuro del planeta. La próxima reunión de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés) que tendrá lugar en Bali presenta una oportunidad crítica que debe ser aprovechada. Por supuesto, la convención de Bali no se trata de llegar a un acuerdo definitivo, sino de manifestar una intención. Francamente, necesitamos algo más que un comunicado altisonante que nos recuerde que estamos frente a un problema apremiante.
Ahora es el momento para trazar un rumbo que evite el cambio climático peligroso y para poner en marcha las reformas energéticas y la cooperación internacional para obtener resultados concretos.
Cómo evitar el cambio climático peligroso
Nuestro punto de partida es la ciencia climática. Gracias al destacado trabajo del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), entre otros, tenemos una imagen cada vez más clara de lo que está en riesgo.
A partir de la era preindustrial, el calentamiento global causado por la acumulación de gases de efecto invernadero ha aumentado las temperaturas aproximadamente 0,7 grados centígrados. Por supuesto, se puede discutir sobre cuáles son los umbrales, pero muchos científicos del clima y algunos gobiernos estiman que un aumento superior a dos grados centígrados dispararía la aceleración del daño ecológico, con sus correspondientes retrocesos en materia de desarrollo humano.
Si mantenemos la tendencia actual, es más probable que traspasemos la barrera de los cinco grados centígrados en lugar de evitar un aumento de dos grados centígrados. Para colocar esa cifra en contexto, esto equivale aproximadamente a la diferencia de temperatura entre el fin de la última Era de Hielo y el presente. Un resultado semejante garantizaría una catástrofe ecológica y rápidos retrocesos en materia de desarrollo humano.
Las proyecciones de calentamiento de la actualidad sirven para resaltar la magnitud de la deuda ecológica que estamos contrayendo. Sin embargo, cuando se trata de nuestra deuda de carbono, algunos países despilfarran más que otros. Las naciones ricas son responsables de más del 70% de la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera del planeta.
Los habitantes del planeta Tierra también dejan en el camino una huella ecológica mucho más profunda. Existe una creciente preocupación en el mundo desarrollado acerca del aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero por parte de países como China e India. Pero China representa menos de la quinta parte de las emisiones de carbono per cápita que se producen en los EE. UU.; las emisiones en India, donde la mitad de la población carece de acceso a servicios energéticos modernos, son la décima parte de las de la Unión Europea. En la actualidad, el brasileño promedio emite alrededor de una tonelada de dióxido de carbono, en comparación con las veinte toneladas emitidas por los EE. UU.
Una vez se le preguntó a Mahatma Gandhi si India debía seguir el camino hacia el desarrollo industrial que había trazado Gran Bretaña. Respondió preguntando cuántos planetas se necesitarían para llevar adelante esa idea. No podemos responder a esa pregunta. Sin embargo, en el Informe sobre Desarrollo Humano se estima que si todas las personas del mundo en desarrollo dejaran la misma huella ecológica que en América del Norte, necesitaríamos nueve planetas. No tenemos nueve planetas. Sólo tenemos uno y necesitamos un presupuesto de carbono sostenible para vivir dentro de sus límites ecológicos.
¿Cómo sería ese presupuesto? Abordamos esa pregunta utilizando un modelo climático desarrollado por el Instituto de Postdam para la Investigación de las Consecuencias del Cambio Climático.
Los resultados nos hacen reflexionar. Si el mundo fuera un único país, sería necesario reducir las emisiones a la mitad para 2050. Por supuesto, el mundo no es un único país. Con una abrumadora responsabilidad histórica por el problema del cambio climático, y dotados de la capacidad financiera y tecnológica para impulsar reducciones profundas y tempranas de las emisiones de gases de efecto invernadero, los países desarrollados deben ejercer el liderazgo a través del ejemplo.
Sugerimos que este liderazgo abarque el compromiso de reducir las emisiones al menos un 80% para 2050 en comparación con el nivel de referencia de 1990. El énfasis sobre las palabras al menos se debe a que aún se necesitarían reducciones de aproximadamente un 20% por parte de los países en desarrollo después de 2020, e incluso estas reducciones nos darían una probabilidad del 50% de evitar el cambio climático peligroso, según lo definido por el umbral de los 2 grados centígrados.
El desafío más inmediato es traducir los objetivos a largo plazo en objetivos más concretos a mediano plazo y en estrategias nacionales para poder alcanzarlos. En el caso de los países desarrollados, estos objetivos deberían incluir reducciones del 30% para 2020, y ese objetivo implica un cambio fundamental para una transición hacia menos emisiones de carbono durante los próximos diez años, a partir de este momento.
Estrategias para la mitigación
¿Se pueden afrontar las reducciones de este orden de magnitud? Como sostuvo el Informe Stern encargado por el Gobierno Británico el año pasado, los costos económicos de la inacción que repercuten en el cambio climático serán drásticamente superiores a los costos de la acción. Estimamos que los costos de la mitigación necesarios para mantenerse dentro del umbral de los dos grados centígrados equivalen al 1,6% del PIB mundial promedio para 2030, menos de la mitad de lo que el mundo destina hoy a presupuestos militares. Esta cifra podría ser menor si se adoptasen políticas adecuadas. No obstante, el punto esencial es que sólo se debe pagar un precio mínimo para evitar retrocesos a corto plazo en materia de desarrollo humano, reducir los riesgos de un desastre ecológico a largo plazo y prevenir pérdidas en términos del PIB que el Informe Stern comparó con las pérdidas ocurridas durante la Gran Depresión.
El punto de partida para evitar el cambio climático peligroso es un acuerdo internacional y un marco multilateral que establezcan los objetivos compartidos entre todos los principales países emisores. Estos objetivos deben incluir un compromiso para reducir las emisiones y un cronograma viable. En el caso de los países desarrollados, la meta debe ser realizar reducciones profundas y tempranas de sus emisiones en el próximo período de compromisos del Protocolo de Kyoto, mientras que los países en desarrollo deberán comprometerse en el futuro, a medida que las condiciones lo permitan.
Por supuesto, establecer metas no es lo mismo que obtener resultados. Transformar la ambición en resultados prácticos requerirá de una visión y un liderazgo político respaldados por una estrategia. Como sostenemos en el Informe sobre Desarrollo Humano, establecer objetivos sin el respaldo de una estrategia significa una falta de liderazgo político. Y sólo tenemos que observar la imposibilidad de muchos países desarrollados de cumplir los compromisos asumidos en Kyoto para comprobar que los objetivos por sí mismos no bastan.
Entonces, ¿cuáles son las políticas necesarias para lograr la mitigación del cambio climático al ritmo necesario y en la medida requerida?
En el Informe identificamos cuatro estrategias amplias.
En primer lugar, debemos comenzar a considerar la capacidad ecológica de la atmósfera de la Tierra como un recurso escaso. Esto implica que debemos comenzar a fijar el precio de las emisiones de CO2. Sin esto, los mercados continuarán creando incentivos perversos que limitan el ritmo de transición hacia un futuro con menores emisiones de carbono. La tributación incremental a las emisiones de carbono es un camino posible. Otro camino es la aplicación de sistemas de negociación de emisiones de carbono con fijación de límites máximos, como el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión de la Unión Europea. Lo que importa en ambos casos es que el impuesto o el límite máximo esté alineado con objetivos de mitigación bien definidos, un criterio que el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión de la Unión Europea no respeta.
En segundo lugar, necesitamos que los gobiernos utilicen su potestad reglamentaria para respaldar una transición hacia menos emisiones de carbono. Como se plantea en el Informe sobre Desarrollo Humano, la reglamentación para mejorar el rendimiento energético y disminuir las emisiones ofrece un escenario igualmente beneficioso tanto para las empresas como para los hogares y para el cambio climático. Las normas más estrictas en áreas como la eficiencia de los combustibles, los edificios y los aparatos electrodomésticos eléctricos ofrecen beneficios potencialmente cuantiosos en términos de mitigación.
En este contexto, debo mencionar el liderazgo ejercido por Brasil al demostrar el potencial de una rápida transición hacia los combustibles que producen menos emisiones de carbono. Durante los últimos treinta años, el etanol le ha permitido a Brasil evitar que casi 644 millones de toneladas de dióxido de carbono se liberen en la atmósfera.
En la actualidad tanto los EE. UU. como la Unión Europea están mejorando rápidamente su capacidad de producción de biocombustibles. Un efecto evidente ha sido el aumento del precio mundial del maíz —la fuente principal de etanol de los EE. UU.— y el uso de aproximadamente la quinta parte de la cosecha de maíz de los EE. UU. con este fin. La pregunta importante que debemos hacernos desde una perspectiva de cambio climático es si las estrategias actuales de mitigación serán efectivas.
Desafortunadamente, la respuesta no es completamente positiva. Para producir maíz se requieren grandes dosis de herbicidas y fertilizantes nitrogenados. Y para producir etanol a partir del maíz se necesita casi la misma cantidad de combustible fósil como la que se reemplaza con el etanol. La proporción de entrada y de salida de combustible fósil es de 1 a 1,3 para el etanol basado en maíz, en comparación con la proporción de 1 a 8 del etanol basado en azúcar. Además, el etanol basado en azúcar reduce las emisiones de la gasolina en un 56% o más del doble del nivel de los combustibles alternativos basados en maíz. Sin embargo, la contabilidad está hecha. El etanol basado en maíz es menos eficiente que el etanol basado en azúcar y esto no representa ninguna panacea para el cambio climático.
Dicho de otra forma, mientras que el auge de los biocombustibles supone grandes beneficios para los agricultores que reciben los subsidios y para los grandes procesadores agrícolas, los beneficios para el cambio climático son menos nítidos. Lo mismo se aplica en el caso de los productos alternativos en la Unión Europea.
Desde este punto de vista, el comercio internacional podría desempeñar una función fundamental para destrabar los beneficios en términos de eficiencia económica y, a la vez, incrementar la mitigación del cambio climático. Después de todo, la autosuficiencia no es una virtud inherente. Siendo el productor de etanol basado en azúcar más eficiente del mundo, Brasil tendría la posibilidad de ganar a partir del comercio más libre tanto como otros países en desarrollo. También habría mayores beneficios en la lucha contra el cambio climático. Esta es la razón por la cual en el Informe solicitamos la eliminación gradual de las restricciones de los EE. UU. y la Unión Europea a las importaciones de etanol basado en azúcar.
La tercer área de mitigación que identificamos se centra en la investigación y el desarrollo. Sabemos que existe una amplia variedad de tecnologías de vanguardia (desde la captación de carbono a los automóviles eléctricos) que podrían acelerar la transición hacia un futuro con menos emisiones de carbono. Sin embargo, también sabemos que estas tecnologías se están poniendo en práctica a un ritmo demasiado lento para poder establecer una diferencia. Por eso es fundamental que exista una mezcla prudente de incentivos, reglamentaciones y sociedades público-privadas para la investigación, el desarrollo y la implementación.
En cuarto lugar, destacamos la importancia esencial de la financiación y la transferencia de tecnología a los países en desarrollo. Esta es una parte central de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), aunque su cumplimiento ha sido mínimo. Para que los países en desarrollo puedan realizar una transición hacia menos emisiones de carbono sin menoscabar la creación de empleo, la reducción de la pobreza y el crecimiento económico, los países ricos deberán movilizar sus recursos para respaldar esa transición. El Informe también es una convocatoria para la creación de un Fondo Integrado de Mitigación del Cambio Climático (CCMF, por sus siglas en inglés) para otorgar recursos (aproximadamente US$ 20.000 millones anuales) para este fin. El objetivo es cubrir los crecientes costos que acarrea la creación de un bien público mundial: la mayor seguridad climática.
Adaptación al cambio climático
Por último, Sr. Presidente, quiero realizar algunas observaciones con respecto a un tema que creemos que no ha recibido la suficiente atención: la adaptación al cambio climático.
No importa lo que hagamos hoy, el mundo tendrá que convivir con el calentamiento global que ahora es inevitable. Aun con una mitigación rigurosa, las temperaturas mundiales continuarán aumentando hasta aproximadamente el año 2040 e incluso más allá de ese año. Si bien quizás esto no suponga un reto desproporcionado para las naciones ricas, cuyos gobiernos invierten miles de millones en infraestructuras a prueba de fenómenos climáticos y en la protección de sus ciudadanos, para los países en desarrollo en general y los países pobres en particular, los desafíos son enormes.
Corriendo el riesgo de formular un juicio insuficiente, podemos decir que la respuesta internacional con relación a la adaptación no ha sido promisoria. Hasta la fecha, los mecanismos de financiación multilateral han proporcionado alrededor de US$ 26 millones en total a través de proyectos de financiación. En contexto, esa cifra representa el costo equivalente a unos pocos días de gasto en infraestructura contra inundaciones en países como el Reino Unido o Alemania.
Podríamos buscar frases amables y utilizar un lenguaje diplomático para explicar el desequilibrio actual entre las iniciativas mundiales orientadas a la adaptación. Sin embargo, lo primordial es que a la mayoría de las personas vulnerables de los países más pobres del mundo sólo cuentan con sus propios recursos para prosperar o fracasar. Mientras tanto, los países más ricos del mundo y los artífices del problema del cambio climático están creando sistemas de adaptación que les permitirá observar el desastre al resguardo de sus sistemas de protección contra inundaciones.
Cuando una autoridad moral de la talla de Desmond Tutu nos advierte que nos dirigimos hacia un sistema de “apartheid de adaptación”, el mundo debe escuchar. Más que eso, debe actuar.
Es por eso que a través del Informe sobre Desarrollo Humano hacemos una convocatoria a un enfoque de adaptación radicalmente nuevo. Este enfoque implicaría la movilización de recursos, no sólo para desarrollar sistemas a prueba de fenómenos climáticos, sino también para crear programas de protección social que apunten a favorecer la resiliencia de los grupos vulnerables y empoderar a las personas para que puedan manejar los riesgos climáticos. Estos programas deberían incluir medidas para garantizar el empleo en zonas propensas a las sequías y una amplia gama de transferencia social, similar a la desarrollada con tanto éxito en Brasil.
Es necesario realizar un trabajo más detallado en cuanto a la financiación. Sin embargo, sugerimos que una cifra tentativa de US$ 86.000 millones para el 2015 (alrededor del 0,2% del PIB de un país desarrollado) es una cifra aproximada creíble para el presupuesto requerido, más allá de los compromisos de ayuda existentes. Tan importante como la financiación es pasar de la idea de planificación de proyectos a escala reducida al desarrollo de presupuestos nacionales y programas a escala nacional.
Conclusión
Sr. Presidente, espero que el Informe sobre Desarrollo Humano logre, de alguna manera, contribuir a sus esfuerzos de situar las preocupaciones de los pobres, los hambrientos y los marginados de todo el mundo en el centro de la agenda del cambio climático.
Reconozco que el Informe trae muchas noticias desalentadoras. Sin embargo, nuestra intención no es decirles que no hay esperanzas. Nuestra intención es promover la acción. El derrotismo y el pesimismo son lujos que ni los más pobres del mundo ni las futuras generaciones pueden permitirse.
Sr. Presidente, por medio de su liderazgo y de sus actos de gobierno, usted ha demostrado que las sociedades humanas no son prisioneras de su historia. Al hacer frente a los legados de injusticias, usted ya está construyendo una sociedad que hoy mantiene la esperanza de la prosperidad y la seguridad compartidas para las generaciones futuras.
En materia de cambio climático también nos enfrentamos al legado que nos han transmitido las generaciones anteriores. Y en este sentido, el cambio también es posible. Las proyecciones de la situación corriente muestran una tendencia basada en patrones de uso de energía del pasado. No definen nuestro destino.
Guiados por un compromiso compartido frente a los derechos humanos, la justicia social y el interés ilustrado, podremos ganar la batalla contra el cambio climático. Le corresponde a nuestra generación enfrentar el reto que probablemente sea el mayor desafío que alguna vez ha enfrentado la humanidad. Las amenazas no tienen precedentes. No obstante, tampoco tienen precedentes las posibilidades de construir una cooperación internacional y forjar una respuesta conjunta y multilateral a esta amenaza colectiva. El éxito es posible. El fracaso es inconcebible.
Gracias.
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